TAPA BLANDA , LIBRO USADO, RECUERDA QUE EL 10% DE ESTA VENTA COLABORA CON FUNDACIONES QUE FOMENTAN LA LECTURA EN ZONAS VULNERABLES. Un haiku es la punta de un iceberg: debajo de él, invisible, tiene que haber un gran bloque de hielo que lo sostenga. Eso es lo que hunde los barcos, pues a veces lo invisible es capaz de derrotar las vanidades más altas. Un día, Tilsa Otta me soltó un haiku como un mazazo. Desde entonces no la he perdido de vista. Aquí llegan estos cuentos, que no son haikus, pero casi. Breves, certeros, profundos. Frescos en cada página: al fin y al cabo estamos hablando del hielo, y el hielo es perfecto, es agua pero quema, es capaz de conservar en su interior intacta una vida acontecida miles de años atrás. Estos cuentos donde resueltamente, como si se conocieran de toda la vida –porque se conocen de toda la vida– el humor y la melancolía pasean juntos a pesar de los rumores sobre su separación. Son también como el auto que protagoniza uno de ellos: clásicos y modernos, frescos y sofisticados, empedernidamente románticos o románticamente empedernidos. La sofisticación es tan sofisticada que prefiere que no se note mucho, pero está ahí, en la prosa cincelada, una prosa que quizá alguna vez fue lenta, hasta que quien la escribió le quitó todas las cosas que no hacían falta para hacerla alada, enérgica. El hielo de estos haikus-icebergs es perfecto, un espejo que se derrite. Exactamente lo mismo que te pasa a ti. Un ejemplar extraño inaugura la obra narrativa de Tilsa Otta. Tilsa llama a las cosas por su nombre –tiene ese raro don–, solo que como hay cosas que no ve más que ella, tiene que inventarse la manera de llamarlas: es lo que pasa por ser la primera en algo. Sus cuentos son grandes bloques de hielo que han decidido salir a la superficie, así que cuidado con ellos.

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